La teta. La
teta en la boca. La leche. Comida. Supervivencia. Una mano la busca. La
exige. Mi cuerpo ya no es mío, o él es una extensión de mi cuerpo.
Somos lo mismo. Él fue creado por dos seres que también son lo mismo. Mi
cuerpo, entonces, está conformado por ellos, y ellos están hechos de
mí. Como si los tres fueramos una masa sin solución de continuidad.
Jugamos, nos tocamos, nos apoyamos, nuestras pieles están en continuo
contacto. Viene corriendo y me abraza las piernas. Su cabeza vuelve al
lugar de donde salió, todo encaja como un puzzle. La cintura, mi
cintura, oficia de silla perfecta, se sienta sobre el hueso de mi
cadera, y yo inclino mi peso al lado contrario para llevarlo. Estamos en
la calle, en el tren, en la casa. Hace calor. Las pieles se pegan.
Al
principio de nuestras vidas, realmente pensamos que somos la misma
cosa, no distinguimos entre el cuerpo que nos gestó y el nuestro. Tal
vez es esa fusión la que buscamos, ya de grandes, en el otro. En el
afecto, en el amor, en la franela.
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